" [...] Con esta nueva obra, sin embargo, la artista recorre un nuevo camino en dos sentidos. La principal alteración respecto a obras anteriores consiste en que esta vez no existe el panel de metacrilato tras el cual los espacios se aislaban del exterior de forma tanto real como metafórica. La construcción se presenta abierta y desprotegida ante nuestra mirada. Pero es precisamente esta aparente accesibilidad lo que pone de manifiesto el distanciamiento de la presentación. La ausencia de este panel no es una invitación para atravesar la división entre mundo e imagen. Por el contrario, se trata de un cerramiento adicional: la posibilidad de dar ese paso a través pone de manifiesto su imposibilidad artística. Podríamos comprender de forma similar las secuencias de vídeo, que no sólo introducen movimiento sino que, por vez primera, presentan a un ser humano como protagonista de este estático escenario. Mientras vemos en el monitor de la extrema derecha una puerta que lentamente se abre y se cierra acompañada por un suave sonido, podemos aparentemente mirar por la ventana del fondo de la habitación y ver un apartamento al otro lado de la calle y observar a un hombre vestido con camiseta interior que, mediante gestos y gritos, lanza muebles y objetos contra una puerta semiabierta y muy iluminada.
Mientras que el vaivén de la puerta genera un difuso malestar debido a que su incesante movimiento permanece inexplicado, la escena del hombre que se castiga a sí mismo hacia un solitario y sordo frenesí nos abandona hacia una agresión que también carece de toda explicación. No sólo en esta obra gira todo en torno al ímpetu de una expectativa a la que nunca se le permite realizarse. La tensión emocional de la escena se nutre de esa negativa a dejarnos ver el final. La incapacidad del espectador para sencillamente darse la vuelta y escapar de un suceso que, con su calculado misterio, le resulta frustrante, es resultado de la precisión con la que la artista pone en relación todos los cabos sueltos de su historia, de forma que nos transformamos automáticamente en investigadores en busca de un contexto subyacente que de hecho no existe. En este sentido, la obra de Ranner se asemeja a las escenas de crimen que no tienen ni crimen ni criminal. De forma analóga a la idea de que el arte siempre está marcado por un impulso criminal, la artista enfrenta en sus exposiciones espacios que no tienen más que crímenes cuya perfección reside en el hecho de que ni siquiera sabemos si ocurrieron o no, pero que debemos tratar en términos criminales. Esto conduce directamente a la acalorada fricción emocional que nos llega a través de las escenas: la lógica del aparato visual nos convierte en cómplices involuntarios. Cuantas más pistas busca nuestra visión de detective entrometido, sin posibilidad de descifrarlas, más nos enredamos en la maraña de falsas huellas. Al final, parecemos transformarnos nosotros mismos en el hombre salvaje y sin palabras del otro lado de la calle, que intenta en vano alcanzar la claridad del otro lado de la puerta pero que nunca llega más allá de la puerta en sí, cuyo suave y misterioso balanceo se convierte en un interminable ciclo sin salida."
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Alexandra
Ranner Osterhofen, 1967 |
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